Mirando alrededor, observando a las personas, y tratando de comprenderlas, últimamente lo único que encuentro es un flujo de intenciones, un flujo de actitudes y acciones que buscan unas respuestas específicas por parte de las personas.
Personas que viven en sus mundos, que se han creado un sistema de valores que en realidad responden a un esquema producto de carencias emotivas. Esquemas irreales de los que son prisioneros, llegando, en demasiadas ocasiones (desgraciadamente) a convertir a las personas en banners publicitarios de ritmo acelérado e intenciones ocultas y mentiras que ellos mismos se creen.
De ahí que cueste entender el ritmo del mundo y de la gente, a la que ni entiendo y hoy por hoy no me motiva la idea de intentarlo.
Cuesta encontrar gente que valga la pena de verdad. Con la que conectes a un nivel de autenticidad, y te entiendas con ella libremente. Me refiero a todos los niveles. Amistad, familiar o el que te dé la gana. Cuesta sentir. O al menos a mi me cuesta sentir ese calor en un mundo que encuentro tan apagado, sin contar con escasas, honrosas y venerables excepciones. Es una sorpresa sentir conexión.
También duele ser consciente de que hay algo que impide conectar con alguna de esas personas excepcionales. Y jode que te cagas tener que hacer como el resto de la humanidad: dirigir, y centrarte en elegir hacia donde supones que debes llevar esa frustración, tratando de transformarla en motivación vitalista cuando en realidad es despecho y cansancio puro.