domingo, 22 de marzo de 2009

SUEÑO


Voy andando en el metro, tranquilamente, con la mirada perdida y casual de quién sabe muy bien a donde va y no necesita prestar atención por donde pone sus pies, y así, de forma casi inconsciente, llego a mi destino.

El exterior es extrañamente cómodo, a pesar de la tan tétrica visión: una extensión de tierra rojiza presidida por un alto y estilizado edificio de oficinas. Sólo eso.

Es una visión que me agrada. Entro a la recepción, y sin dar explicaciones a nadie, entro en el ascensor, de moqueta verde enegrecida, y pulso el último piso.

Cuando las puertas se abren, aquello que hago cada día me espera.

La escena es la siguiente:

Una habitación muy amplia, cuya única iluminación procede de una gigantesca terraza, esta totalmente ocupada por el tablero de un juego de rol. El objetivo del juego es ganar a tu contrincate en una guerra abierta, en un asedio constante, pasando por diversas dificultades. Cuando tu contrincante te gana, y consigue ganarte una batalla en tu "parte del tablero", estas obligado a realizar las "pruebas" que te indican sus cartas de juego, y cuando ganas tu viceversa.

Pues bien, mi contrincante era nada más y nada menos que el mismísimo Diablo, a quién yo no podía mirar fijamente, y, por lo tanto, percibía..."su presencia", no así su aspecto.

Su "parte del tablero" era el inframundo...la mía, el mundo real corriente y moliente..el cuál se divisaba en su totalidad a traves del gran balcón.

Sus cartas de juego eran el Mal. Enfermedades, Odio, Inseguridad, Guerras...varias desgracias que me veia obligada a realizar, a "dar" si yo perdía la partida.

Las mías, eran el Bien.

Esa era mi rutina.

Un día, la moral llega a mi vida, y deseo, más que nada en el mundo, deshacerme de ese pesado yugo que es jugarme la humanidad a una buena mano. Así, pues, despues de mucho recapacitar, decido dejar de ir a mi cita diaria de golpe, sin ningún tipo de explicación.

Me levanto de mi cama al día siguiente, con un gran ánimo de ir al instituto, y comenzar a disfrutar de lo que tengo, pero el aspecto de todo se torna poco menos que raro. Todo es gris, apagado, no hay luz en el cielo y el desayuno me sabe a putrefacción pura y dura.

Voy al instituto, camino observando la variación que a sufrido todo.

Los profesores no dan clase, se quedan en estado catatónico mirando a la clase.

Salgo al recreo, y todos, absolutamente todos, tienen una textura en la piel de latex..parecen muñecos...a muchos se les empieza a caer alguna que otra extremidad, todos pasean como androides con una cara de angustia vital que impresiona y congoja.

Y la cara de angustia vital se va desaciendo lentamente..como si fuera cera al contacto con el fuego...y en ese momento, en el que observo todo desde las escaleras de la salida con pavoroso miedo, llega Sara, y con una voz que nunca había escuchado, me explica las reglas del nuevo juego:

1) Debo encontrar al Diablo.

2)Una vez haya llegado ha él, jugar la última partida.

Si decido jugar, pueden pasar dos cosas, que pierda, y, en ese caso, estoy condenada a venderle mi alma. O a alquilarla.

La otra opción es ganar, en ese caso, todo volverá a la normalidad y el Diablo no volverá a aparecer en mi vida.

Obviamente, decido jugar. Sara, a la cuál se la han caido los ojos, sonrie ahora con gran satisfacción, y me explica que Él me espera en la última planta para jugar.

Vale.

Entro corriendo por la puerta del instituto, cosa que me sorprende, pues el miedo a penas me deja pensar con mucha precisión.

Una vez dentro, todo parecía facil, seguir corriendo por las escaleras hasta el tercer piso, digo parecía, porque una vez dentro, todo a cambiado de posición.

Ahora ando por el techo, si quiero saltar, me hundo, si quiero ir hacia la derecha, me muevo hacia la izquierda.

Hago acopio de mi esfuerzo mental mas escondido en mi mente y consigo llegar hasta la puerta que conduce a las clases, una vez allí, todo vuelve a su lugar espacial.

Pero hay más complicaciones, antes, para llegar al tercer piso, solamente tenias que subir unas escaleras repetidamente que te llevaban hasta la 3ª planta, ahora, hay todo un complejo de puertas en toda clase de perspectivas y dimensiones, sin tener en cuenta a la gravedad, ni al lógico y horizontal sentido de la realidad. Parece un cuadro de Escher, y mi objetivo es llegar a la puerta que se encuentra en el techo. Y es aquí donde llega la locura.

Entro por una puerta, y entro en mi casa, entro por la de baño de mi casa y llego a un teatro, entro por la entrada principal de éste, y llego a la 1ªplanta de instituto, entro por la puerta que inmediatamente se puesto frente a mi, y salgo por una rampilla de ventilación...y así me tiro un buen rato, hasta que decido buscar un orden lógico.

Una vez hallado el orden lógico, no entro en la 3ª planta, llego a la 2ª...donde me enfrento a diversos miedos propios de los que no voy a hacer gala aquí, por suerte, aquí si tenemos unas escaleras que conducen directamente al tercer piso, una vez he subido, me doy de bruces con todo en tablero extendido, exhausta, levanto la vista, y miro fijamente a quién no podía mirar fijamente antes...Y me despierto.


¿Habría salvado al mundo antes de merendar?

Se admiten propuestas para este final abierto

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