jueves, 30 de abril de 2009

Bus

Era absoluta y perfectamente un momento de máxima tranquilidad para mí. Me hallaba a la espera del tan injustamente odiado medio de transporte llamado autobús. Había inconcluído, insatisfactoriamente como siempre, todas mis tareas matinales, obligadas y desgarradoras tareas matinales, que, en un momento de condensación mental, había decido dejar incompletas para regresar cobardemente a mi hogar.
Para ello, puesto que me encontraba suspendida en una franja horaria en la que la hora señalada para llegar a casa quedaba aún muy lejana, me propuse llegar allí del modo más tranquilo, lento y de mayor recorrido posible. De ahí que me encontrara abandonada en los asientos de la marquesina, esperando al inaceptado autobús, que, una vez en él, probablemente tardara alrededor de una hora en llegar a mi destino.
Y es que a mí, esos minutos robados, me evocan el mejor placer y dulce saber de libertad que a mi tierna edad podía concebir. Para mí suponía un tiempo de soledad absoluta, donde nadie de mi entorno podía imaginar jamás donde me encontraba, o qué es lo que había ideado hacer. De hecho, sería bastante posible que si me esforzara por explicar a alguién que había huído de mis responsabilidades y deberes para zambullirme en un viaje largo en el que nada iba a hacer, nadie lo entendiera.
Lo concebirían como tiempo perdido y mal usado, desaprovechado en todos los sentidos.
Pero a mí, el sabor de la libertad de esos minutos inconcedibles y secretos eran minutos de libertad física y mental.
Me cuesta definir con palabras la mayúscula sensación que me producía estar en desposesión de todo.
Desposeída de los que me rodearan, desposeída de cualquier pose social adquirida, desposeída de pensamientos mundanos, desposeída de todo lugar en el que alguién pudiera imaginarme. Desposeída de mí. Sóla y relajadamente en mis pensamientos, y no digo con, digo EN mis pensamientos. Lugar oscuro y laberíntico que aprovechaba para iluminar e inspeccionar. Absorta en estas divagaciones, llegó el autobús. Con destreza, me levanté del frío y duro asiento de la marquesina, con la ansiedad de quién quiere ocupar su lugar favorito en el transporte público. Evidentemente lo conseguí.
El asiento que escojí, que escojo siempre, mi familiar y maniático lugar dentro de ese inestable y vibrante vehículo, no era otro que el situado justamente detras del conductor. Este asiento ofrece todas las posibilidades que busco en mis amados trayectos : Es un asiento, por encima de todo individual, elevado a más altura que el resto, y donde hay un elemento material inmediatamente anterior que hace que en parte pase desapercibida: El cristal negro y tíntado que separa el habitáculo del conductor con el asiento del que les hablo, ahora ocupado por mí.
De modo que me ofrece, a través del cristal que compone la ventana situada a la izquierda del asiento, una vista ininterrumpida del quebradizo paisaje de la ciudad, además de que mi cara, mi expresión y mi mirada ( reflejo de todo lo que pueda pasar por mi mente) queda inalcanzable casi en su totalidad por el resto de los desconocidos viajeros, gracias en parte al cristal tintado y a la mayor altura del asiento. Así, la única visión de mi rostro queda reducida a un insignificante perfil que mi cabello largo oculta estratégicamente.
Es un lugar magnífico. Idoneo para mis propósitos.
Y, cómo ya les he dicho, allí me encontraba, ya ausente de lo que me rodeaba, observando el inalcanzable e inaudito exterior. El autobús comenzó a moverse, y ante mis ojos comenzaron a pasearse edificios de colores, coches ocupados por estresados señores, viandantes despistados, parques mal cuidados...todo bañado por la reluciente y eléctrica luz que nos regala un sol especialmente intenso cuándo esta oculto tras las nubes.
A la vez, mi laberíntica cabeza, presa y poseída de la realidad, embotada en la sociedad, manípulada por los medios, desubicada por mi naturaleza, se liberaba ( o tenía la sensación de ligera liberación al menos) de esas gigantes ataduras.
Era tremendamente bella la simple visualización del paisaje urbano, mientras mi mente se desposeía de todo pensamiento. Me sentía simple, de vaciedad pensativa, distraída. Agusto con lo que veía. Cerré los ojos para degustar con mayor facilidad el silencio mental en el que me encontraba, todo era claro, sencillo y ordenado. Mi ahora liviana cabeza me hacía experimentar completidad. No pude evitar un semiesbozo de sonrisa a causa de esa enorme templanza.
Y, justo en el momento en el que mi paladar se deleitaba con un ánimo semejante de quién se despierta junto a alguién amado, el autobús dió un trompicón, producto de un bache o socabón del asfalto, que hizo que dejara ese estado de "paz". Por lo que abrí los ojos, con tan mala suerte que los encontré mirándome desde el reflejo del cristal tintado, devolviéndome a la realidad.
Redescubrí esa mirada cansada, marchita, de ojos histriónicos que me miraban con desesperación. Eran, y son, el espejo de todos mis fracasos y debilidades. De mi inferioridad. Miriada mediocre, inútil, humillada y frustrada. Sentí angustia y repugnancia momentos antes de volverme a ese paisaje urbano, dispuesta a disfrutar con la belleza que regala la otra realidad.

5 comentarios:

  1. inferior respecto a mi misma. El resto, al fin y al cabo da =. Inferior en cuanto a lo que podría llegar a ser y no soy, por que no consigo vencer a mi propio caos personal.
    Inferior porque me construido en base a una persona insegura y con débilidad. Sin seguridad, por lo tanto soy inferior a lo que debería ser o a lo que tendría que haber aspirado a mi edad.
    ¿White?

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  2. Y no me refiero a un éxito. Me refiero al proyecto de persona en el que me quedado.

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  3. white, sí. no eres para nada inferior a lo que tendrías que haber aspirado a tu edad, sólo eres inferior a lo que vas a ser si no te resignas. no te has quedado en nada. sigues podiendo elegir

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  4. De ahi que sea un fracaso, porque no es que me resigne,tengo mis mecanismos por sobrevivir, e intento cambiarlo, pero me quedo en la racionalización,y cuando viene algo que requiere algo más de mi se traduce en un bloqueo e incapacidad de reacción absoluta para abordar el tema B o el tema H.
    ¿como se elige cuando te paralizas?

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