viernes, 19 de junio de 2009

Relación de un hombre llamado X con otro llamado Y




Mucho tiempo atrás tendría que remontarme si me propusiera explicarles como conocí a aquella persona, aquel insufrible ser. Y desde luego esa no es mi intención última, en absoluto. Ni que decir tiene que a mí, más que a nadie, me gustaría pasearme por esos olvidados recuerdos y mostrárselos, pero aún más llegar al final de la historia, así que nos contentaremos con exponer la esencia de la misma.

Aquella irritante persona recogía congestionadamente lo que para mi representaba una exposición de todos mis fracasos y debilidades. Siempre, desde que la conocí, desde el primer fugaz encuentro, nuestra relación se convirtió en una encarnizada lucha interna y subliminal. Eso no impedía ( o incluso estaba implícito) que pasaramos la mayor parte del tiempo juntos, rivalizando, midiendo nuestras capacidades y triunfos de forma intestina. Luchábamos en todo, y mi mayor obsesión residía en la incapacidad que tenía para superarla, que se tornaba en la certeza de mi incuestionable inferioridad.

Desde que entró en mi vida, conseguía sus objetivos sin el mayor esfuerzo, restregándome conscientemente con cuánta facilidad triunfaba sobre sus metas. Yo, con alevosía y nocturnidad, desarrollaba mis actos, intentando que éste cayera en la red de mi juego, pero siempre se anticipó a mis segundas intenciones, antes incluso que yo mismo. Él recogía todas las capacidades que yo odiaba. No se esforzaba.Toda esa tranquilidad no era más que el producto de una gran meditación de su comportamiento, con la única y fea intención de causarme ira. Esa pose arto pensada, en la que la naturaleza de su comportamiento residía en una especie de tolerancia que agotaba a un ambicioso cómo yo. Llevaba esa conducta con esa cómoda superioridad que me hacía ver y me recalcaba en la ocasión más nimia. Dentro de esa lucha secreta que nadie advertía, no podía dejar de sentirme repugnante, humillado, inútil, ahogado en mí mismo.

Y esa persona...se mostraba agusto, relajada, sagaz y agúda, feliz en la cómoda existencia del liderazgo (sobre mí, evidentemente ) .

No sabía cuál era mi devenir, y durante largo tiempo me rendí, con frustración, a las imposiciones y caprichos de mi colega. Aquello era peor, estaba en la desesperación máxima. Un día, tuve que hacer acopío de mis más intestinas fuerzas, e intentar luchar contra esa situación. Me determiné a jugar a su juego. Vencerla en su campo de batalla. La del comportamiento tolerante, tranquilo y relajado que tanto carcome al oponente.

Abracé todo mi valor y me fuí a la aventura, que supuso exponer, con (falsa) seguridad, comprensión y respeto, con la templanza de aquel que sabe una verdad absoluta, mi visión, que no era otra que una teoría elaboradísima, falsa y redonda teória que tenía la función de vencer a mi oponente lo más macabramente posible.

Mientras me esforzaba por que no se entrevieran mis verdaderos sentimientos de furia incontrolada, de emociones vomitivas para con dicha persona, el terror se iba apoderando más y más de mí al ver que él me seguía mirando desde el otro lado del espejo con el gran regocijo y diversión de quién sabe que ha ganado la guerra.





Después de mucho mucho tiempo se optó por dejar de atrezar el caos. Por dejar de luchar contra alguién que elegía el camino contrario, y moverse en el camino muy lentamente, cuándo se movía. Después de mucho mucho tiempo, se optó por sentarse el uno frente al otro y mirarse de verdad, sin tratar de vencerse, sólo tratándo de comprenderse mutuamente, intentando disfrutar de ese trance comprensivo y creátivo hasta que los dos estuvieran lo suficientemente cómodos como para avanzar dados de la mano. Y ser un equipo.

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